¿Porque te aferras? Solo déjate caer…

Es importante saber que acudí por primera vez a una ceremonia de ayahuasca con el propósito de encarnar en mí el amor incondicional. Así también, es imprescindible que toda experiencia relatada sea leída entre líneas, pues, a pesar de que hice mi mayor esfuerzo para explicar con detalle lo que viví, no hay mayor placer que sentirlo por uno mismo
06 Febrero del 2016 Tepotzotlán Estado de México.

Éste es el Relato de mi Primer Ceremonia de Ayahuasca en la que participé, en aquella primera ceremonia el efecto de la planta comenzó hasta la segunda toma. Después de ingerirla, regresé a mi lugar, me recosté y los mareos se hicieron presentes, como el típico sentir de viaje en helicóptero, como cuando has bebido de más y, acostado en tu cama, todo gira en tu cabeza. En fin, pasaba el tiempo y, como no ocurría ningún efecto “maravilloso” en mí, me pregunté si la madre tierra me estaba negando la entrada a sus templos de conocimiento.

Después de un rato llamaron para la tercera toma. Ya mareado, avancé para recibir el último sorbo de medicina, regresé a mi lugar, mareado, y, en esta ocasión, las náuseas no se hicieron esperar, sentí el asco recorrer mis intestinos, subir por el estómago y llenar mi esófago. “¡Basta!”, pensé.

Me recosté, respiré profundamente y me contuve, volví a respirar pensando: “No debes de vomitar, eres más fuerte que eso, no puedes vomitar, no seas débil, tu objetivo no es vomitar”.

Las náuseas regresaron, sentí una arcada, seguida de la marea de vómito desbordándose y a punto de salir de mi cuerpo. “¡No! ¡No voy a vomitar! No voy a vomitar porque eso implicaría cortar el efecto de la medicina y que el gasto que hice para venir a realizar este ritual sea en vano. ¡Si la vomito no va a hacer efecto!”. Decidido a no vomitar la medicina —y convencido de que yo era más fuerte que eso, más fuerte que cualquier cosa, y de que yo controlaba mi cuerpo— me recosté y comencé a respirar profundamente; entonces, dejé de sentir asco, las náuseas se fueron, y pensé que lo había logrado, porque, ¡claro!, yo era más fuerte. Sin embargo, al cabo de unos segundos, las náuseas volvieron, pero más fuertes que antes, impetuosas; incontenible, sentí el vómito subir por mi esófago, lo contuve en mi garganta desesperado, tratando inútilmente de no vomitar, comenzaba a ser una experiencia desagradable y desesperante.

A pesar del ruido a mi alrededor, de cánticos y tambores, de hermanos vomitando y teniendo sus propias experiencias, y de mi desesperación, de pronto se hizo un silencio total, incluso dejé de escuchar mi propia respiración y los latidos de mi corazón, y fue surgiendo una voz como de la nada, pero que, no obstante, parecía tener en realidad mucho tiempo ahí, esperando, dentro de mi ser, de mis sesos; lo supe por su tono añejo. Ahora entiendo que esa voz era mi propia voz. Me sorprendió porque era una voz serena, tranquila pero fuerte, paciente y, sobre todo, amorosa; no sabía que mis cuerdas vocales podían lograr un registro así, ni en mi pensamiento consciente lo había escuchado. Pero era yo. Y la voz me habló.

Me preguntó: “¿A qué te resistes?”. Y yo guardé silencio; entonces, me repitió la pregunta: “¿A qué te resistes?”, y continuó, enfatizando: “¿A qué le tienes miedo? ¿A que te vean vomitar? ¿A lo que vaya a decir la gente? ¿A que piensen que eres débil? ¿A que ensucies tu ropa? ¿A que no vivas una experiencia mágica? Dime, ¿qué es lo que no te deja sacar eso que tienes dentro? ¿Qué es eso a lo que tanto te aferras? ¿Cuál es tu miedo? Sólo déjate caer…

Estas palabras resonaron en mi cabeza, pero sobre todo en mi corazón. Entonces me levanté, la arcada regresó, las náuseas, el sentir incómodo del mareo, el vómito en mi garganta, me sentí sofocado, pensé: “Pero si vomito ya no va a servir la medicina”. Y la voz respondió: “¡Qué importa si ya no sirve la medicina!, ¿te sientes cómodo como estás ahorita? ¿Te sientes cómodo con el vómito en la garganta contenido? Déjalo ir, sólo déjate caer… Y caí.
En un instante recobré la noción de mi entorno y el chamán comenzó a cantar:
En ese momento puse atención al exterior, alguien comenzaba a cantar al sonido de los tambores y las flautas diciendo: “Sólo déjate caer, sólo déjate caer”
Ya estaba cansado de contener el vómito, de contener las arcadas, me hinqué, tomé una bolsa en mis manos, sentí la arcada subir por mi cuerpo, sentí los fluidos estomacales regresar por mi esófago, tomé fuerte la bolsa y la abrí con mis manos, cerré los ojos y solté la arcada, escuché el vómito caer en la bolsa, sentí su consistencia, su sabor desagradable, nauseabundo, recorrer mi lengua, escupí, una nueva arcada emergió y otra y otra, no podía dejar de vomitar, y así continué dispuesto a sacarlo todo, me contuve un poco, respiré y abrí los ojos, la bolsa… estaba vacía. No había vómito, apenas un poco de saliva en el fondo.

Pensé, qué extraño, la arcada regresó y ahora vomité con los ojos abiertos, sentí el vómito en mi garganta, en mi boca, que salía disparado a algún lado pero, no veía nada.
La voz habló: ¿A qué le tenías miedo? ¿Esto era lo que te detenía? …. ¿Qué es lo que realmente estás vomitando? , sentí como un calor se acercaba a mi oído y la voz me susurró: MIEDO

Todo eso que sale de ti, esa sustancia invisible que es más densa que el aire, que sale de tu boca como vapores tóxicos, que no te dejaba moverte, que nos bloqueaba, que no te dejaba escucharme… Son tus miedos.
¿Es el Ego? – Pregunté. Sentí una mirada tan amorosa y su voz susurro como queriendo que nadie escuchara, que apenas yo lo captara; El Ego no existe.
Mientras sigas teniendo miedo a hablar, a reír, a saber, a expresarte, a gritar, a preguntar… el Vómito se hará presente.

Sentí una gran tranquilidad, una paz interior muy grande, entonces me recosté y comencé a llorar, sentía como las lágrimas escurrían por mis mejillas, era un llanto de alegría.
Llevé mi mano derecha a mi rostro para secar mis lágrimas y al tocar mi mejilla descubrí con desconcierto que no había humedad en mi rostro, no había lágrimas, la almohada no estaba mojada.

La voz me dijo: “Estás llorando pero no salen lágrimas.”
De pronto comencé a sentir unas ganas enormes de ir al baño, sentí un poco de retorcijones en mi estómago, inmediatamente pensé en “diarrea”, Me envolvió un pánico social, ¿si no llegaba al baño? ¿Si me batía? … Me levanté rápido y pedí a un chico me mostrara la dirección del sanitario, fui lo más rápido que pude pues el efecto giratorio de la ayahuasca era muy notorio.

Llegué al sanitario, baje mi ropa y me senté, sentí el retorcijón y me preparé psicológicamente para una diarrea explosiva, al siguiente instante sentí que salía todo, miré la taza del baño y nuevamente para mi sorpresa no había nada, tome papel de baño, me limpié pero no había nada que limpiar.

La voz volvió a hablar: “Sientes que tienes que desechar algo pero no desechas nada”
Regresé a la fogata junto a los demás hermanos, cantaban intensamente, cantaban canciones hermosas, sobre pachamama, sobre los elementos, sobre el tiempo, sobre los abuelos, sobre el amor, en conjunto con las voces sonaban los palos de lluvia, los tambores, las guitarras, los bowls.

Me recosté en armonía preguntándome: ¿Qué está ocurriendo?
La voz volvió a hablar: “Vomitaste pero nada salió de tu cuerpo, lloraste pero no hubo lágrimas que derramar, defecaste pero no había nada que desechar, ¿sabes por qué? Por el simple hecho de que NO HAY NADA QUE DESECHAR, todo está en tú mente, No vomitaste porque no hay nada de lo que tengas que arrepentirte, no lloraste porque no hay nada que te tengas que lamentar, no defecaste porque no hay nada que tengas que cambiar, pues así como eres, eres perfecto, porque todo lo que has vivido, las elecciones que has tomado han sido las correctas, porque todo eso te ha hecho ser lo que hoy eres, un alma pura y amorosa.

Me recosté y me volví a sumergir en los cantos, en la magia que tenía para mí la madre tierra.

Los cantos me llevaron a la siguiente visión; visualicé una montaña, enorme, llena de árboles y muy alta, que se elevaba en la profundidad de la llanura, majestuosa, serena en silencio. A su lado alcancé a ver a un ave de tonos amarillos con café, pequeña que revoloteaba alrededor de la montaña cantando fuertemente, llena de énfasis, segura de su canto. El ave volaba cerca de la montaña dándole vueltas una y otra vez. El ave sabía que la montaña esta viva y revoloteaba a su alrededor cantando canciones de amor, subía y bajaba e incitaba a la montaña a cantar dando vueltas, girando, cambiando de dirección de velocidad y de movimientos.

La montaña por su parte estaba tranquila, sabía de la existencia del ave, desde el inicio la había visto volar y revolotear, escuchaba atenta a su canto, la veía pasar una y otra vez poniendo atención en su voz y en sus giros.

Después de unos momentos la montaña se sintió muy a gusto, se movió un poco y pensó que no estaría mal cantar un poco, respiró profundamente y una voz ronca y profunda inundó el valle, atravesó todos los árboles y su eco retumbo en la tierra, continuo cantando y moviéndose alegremente, por su parte el ave seguía bailando y cantando alrededor de la montaña y se regocijaba en ello, tanto que elevó su canto por encima del canto de la montaña y voló más alto y más rápido. Fue entonces cuando la montaña dejó de cantar, se acomodó un poco y regresó a su profunda meditación, a su acostumbrado silencio abismal. El ave siguió cantando más feliz que nunca, revoloteaba alrededor de la montaña, subía y bajaba y su fuerte canto retumbaba en todos los árboles.

La visión terminó y fue entonces cuando la voz de mi cabeza volvió a hablar: “Eso es el amor incondicional”, me dijo, “El ave cantaba y volaba alrededor de la montaña porque esa es su naturaleza, volar y cantar, aún cuando el ave quería que la montaña cantara, no estaba pensando: ¿por qué no cantaba ya la montaña?, la pequeña ave nunca intentó obligar a la montaña a cantar, ella sabía que no iba a dejar de cantar si la montaña no cantaba, aún cuando volaba y hacía giros majestuosos enfrente de los ojos de la montaña, el ave no lo hacía para llamar la atención de ella, el ave volaba de esa forma porque la naturaleza de un ave es volar. Cuando la montaña inició a cantar, el ave no fue más feliz, sólo se dedicó a disfrutar la voz de la montaña y a disfrutar esa una nueva experiencia que ahora compartían.

Cómo pudiste ver, la montaña dejó de cantar cuando el ave cantó más fuerte y no lo hizo porque se haya molestado o por que se haya sentido ofendida, dejó de cantar por el simple hecho de que ya no quería hacerlo, pues la naturaleza de una montaña es cantar, quiso entonces regresar a su profunda meditación. El ave tampoco se molestó o se entristeció de que la montaña haya dejado de cantar, por lo contrario, se regocijo por el hecho de haber creado un momento mágico junto con la montaña, el tiempo que haya durado, lo importante era que lo compartieron disfrutando su nueva experiencia. Eso es el amor incondicional, uno no espera algo del otro, ni deja de ser lo que es, por agradar a alguien más, no hay drama ni sufrimiento en el abandono, porque no existe tal abandono, la montaña nunca se iba a ir de ahí y el ave podría regresar las veces que quisiera, no existe apego ni deseo, únicamente la experiencia vivida que nos proporciona el tiempo.

Pude ver muchas otras cosas, todas relacionadas al Amor Incondicional, Vi el sol ardiendo y a su alrededor los planetas girando lentamente, cada uno a la distancia necesaria del Sol para poder calentarse sin quemarse, “Todos necesitan el fuego, pero no todos pueden tocarlo, me mostro como las personas se acercaban a la fogata y se alimentaban de su luz, de su calor. Me mostró como el fuego quemaba las impurezas del ambiente y el se regocijaba en ello sin importar que nadie pudiera acariciarlo.

Me recosté a escuchar la música y a agradecer al universo por todo hasta que comenzó a salir los primeros rayos del Sol.

Jeshua Montes Conejo