3.- El Cielo

Cuando comparto Ayahuasca en la zona espiritual, trato de mantener contacto con el mundo físico, porque no me gustaría quedarme ahí indefinidamente.
(Por eso no dejo de agitar el muvieri y los cascabeles)
En algunas ocasiones, cuando tomo ayahuasca para seguir explorando los 21 mundos y tratar de cartografiarlos, sucede una especie de interrupción que identifico por el tremendo frío que comienza en lo profundo de mis maltratados huesos y se extiende por la cara hasta llegar a las ideas más necias.
Del frío sucede un descenso en picada hasta la zona espiritual, lo que en ésta parte del planeta le conocen como cielo.
Me he quedado algunas veces como espectador pero el hambre y la cruel temperatura no me dejan contemplar tranquilamente la gran sala de espera. Por eso me dispongo a trabajar.
Del morral saco mi tela roja, unas ocarinas y algunas veladoras. También el mapacho, el agüita florida y la ayahuasquita.
Todo pesa más o no hay mucho oxígeno.
Ya que tengo todo listo me cuesta empezar, pues no sé que decir o a quien. Nadie me pela. Todos están corriendo de aquí para allá, agitando papeles, buscando su avión.
De un mostrador los mandan a otro y cuando alguien corre, todos corren en un movimiento circular accidentado. Como Rey Rata.
La crueldad arruga las caras del personal celestial, quienes maltratan a los viajeros, se burlan de sus apariencias y les arrancan las pocas cosas que pudieron traerse del mundo cuando murieron.
Los viajeros se contagian entre sí el miedo, la desesperacion, la risa, el bostezo, la locura.
Preguntan por sus destinos, por lo que les prometieron allá en la vida terrenal. Hacen ademanes intentando inútilmente explicar las fotos que les mostraron, los cuentos que les contaron, las fábulas y fraudes que les aseguraron cuando aún vivían en la Tierra.
¡Exigen el retorno!. A la Tierra o al menos el retorno del dinero que gastaron en las ideas que compraron.
Tomo una ocarina y me pongo a tocar. Así como salga. Me siento como músico de centro comercial.
Apenas me alcanzo a escuchar yo mismo. Un empleado celestial se acerca e instala una base y micrófono. Cuando le agradezco me muestra unos viejos dientes que dibujan una sonrisa sardónica. Su gafete dice Euriel.
¡Que diferencia!. Ahora me escucho en el sonido ambiental.
Arranco con un icaro de la selva. Puede ser que no lo vuela a cantar, porque en esa zona se pierden los recuerdos inexorablemente por la energía del desapego.
Los viajeros corredores bajan el ritmo y los inconformes se relajan. Comienzan a acercarse formando un círculo.
Les toco un didgeridoo portátil y lo miran curiosos. Algunos lo acarician, otros se sientan.
Mejor me pongo la corona, para aguantar el olvido que cala.
El círculo se cierra y tararean las canciones que les canto. Unos acompañan con palmadas, otros pretenden que se saben la letra. Me doy cuenta porque es la primera vez que la canto.
Ya más tranquilos les sirvo ayahuasquita bien fría. Uno a otro se van acercando en orden. Unos se arrodillan, otros bendicen, aquellos levantan las manos y la nariz, otros se postran. Las veladoras, apagadas, porque no permiten el fuego en la zona espiritual.
Toman ayahuasquita y se acomodan como aprendieron en la Tierra. O toman nuevas poses: de loto o medio loto u otras formas de faquir. Parecen esculturas de Eleonora.
La medicina musical y plantar comienza a hacer efecto en la congregación.
Algunas lloran por todo lo que no aprovecharon. Otros aferran sus dientes a la idea de que todo ha terminado.
Angustiados por reconocer su progresiva desnudez, no dan cuenta de la imparable separación total. Pocos son los que sonríen, esperando la gran sorpresa que se avecina.
Segunda toma y más medicina musical. Mensajes para olvidar, rezos de libertad. (Libertad de si mismos y de todo cuando creían y poseían).
De a poco se van relajando, una vez vaciado su dolor.
Van soltando sus historias, sus músculos espirituales, sus marcas de expresión.
No vomitan, porque en ésta zona no existe eso. Sólo da hambre, que por cierto, me está dejando, como el frío. Son sin duda señales del final de mi existencia como la conocía.
Los circundantes se van evaporando unos, derritiendo otros. Ya ni quieren viajar, lo que quieren es descansar. Dormir la última noche de su tridimensional existencia.
Una intensa luz se cuela en los ventanales de la sala de espera, quemando sin fuego todo lo que era oscuro.
Euriel se me acerca con un boleto en la mano.
– Ya mero sale tu vuelo, apresúrate o lo pierdes.
– Ni madre. Ya estuvo. Me largo de aquí.
Tomo consciencia de mi respiración. Todo el lugar se disuelve en fractales de colores neón. Sé que de alguna manera ese lugar tampoco existe, pero la explicación se las dejamos a los filósofos o a los locos.
Regreso de esta experiencia involuntaria con la misma sensación de malestar.
Suena quedito «Man on a silver mountain» en el celular (filosofía y locura).
Tanto oxígeno marea. Nahualli, mi xolo me mira fijamente mientras levanto con esfuerzo mi cuerpo.
Ya no vuelvo a tomar Ayahuasca. (Este mes)
Quizá encuentre algún día la manera de colarme de nuevo en el lounge bar chamánico. Un lugar muy raro del que puedo contarles otra ocasión
Jaguar Negro

2.- El Limbo

A veces entro a dar Ayahuasca en el limbo.
En el bardo espiritual.
Debo tener bien apretados los dientes para aguantar ahí unas horas (o años).
Cuando me toca entrar es casi involuntario, aunque, cuando siento esa sensación de ser chupado, pues me entrego a la succión.
Al principio la obscuridad es envolvente, y la gravedad más pesada, porque cuesta moverse. También cuesta trabajo andar en el limbo sin respirar, (¡porque no es necesario hacerlo!) es como aguantarse la respiración y darse cuenta que nada se apaga, que la experiencia se mantiene.
Desdoblo mi tela roja sobre la arena, dispongo mis frascos y reliquias encima y acomodo los instrumentos de poder. Se distinguen formas que se acercan a la reunión. Andrajosos jirones espirituales, descarnados, penitentes, chocarreros, suicidados…
Algunos cargan su leña y al escoger un lugar la encienden y siguen quemándose en ella. Otros no traen leña pero igual se la pasan gritando.
Sus gritos se confunden con el primer icaro que aviento. Eso de cantar sin aire requiere cierta técnica. Para que no se me seque la garganta hago gárgaras de agua florida. Visto piel de jaguar y corona de cóndor.
Sacudo mis enormes plumas pa’ desempolvar huesos, pa’ limpiar los espíritus que se agolpan ansiosos, con sed de libertad, ciegos en la oscuridad.
Con autoridad manoteo el aire, (Bueno, el vacío porque no hay aire) y se van acomodando en círculo en torno a la botella de abuela, que brilla sempiterna.
Los más extienden sus roidos petates para acostarse. Los menos apenas se tapan pudorosos con su piel colgante.
Elevo el canto. Afino. Encuentro el armónico. Abren sus ojos hasta desorbitarlos. Cierro los míos porque me espantan (o me dan risa).
La ayahuasquita debe estar bien cascabelera, porque allí el miedo es el que gobierna. Y no puedes dudar de la ayahuasca, porque te lleva pifas.
Abro la botella y el quorum exclama ¡¡oooooooh!! Y muestran sus sonrisas desquiciadas. Hace mucho no han bebido. Y menos aún han bebido Amor.
Allí no es posible dar Ayahuasca en vasito, como en el mundo físico. Me las he ingeniado para darles su medicina con una esponja, la que exprimo sobre sus bocas o sus heridas. Hasta en sus pecados se las he echado.
Hay quienes me la vomitan en la cara, con un grito de inconformidad. Tal vez por el sabor o porque no quieren sanar. Hay quienes se aguantan un rato y luego diarrean lombrices malhumoradas y lodo azufroso.
Hay otros que se desinflan con un ruidito satisfactorio y se desvanecen en la entropia.
A veces bajan los balseros, hartos de su trabajo, pues nunca llegan a su destino. Toman un vasito y se regresan a trabajar sin esperar los efectos. Se acomodan sus sombreros de paja y reman trasladando espíritus convencidos de su necedad.
A veces llegan algunos jaguares para aliviar la jornada. Tocan sus instrumentos inarmónicos y arman un buen desmán.
Pasan los años y algunos comienzan a sentir los efectos y entender el mensaje. Suelen explotar en una nube de confetti o simplemente se van a sus cielos o infiernos, arrastrando sus cobijas, sin terminar de escuchar la explicación que trata de enseñarles que sus destinos no existen.
Otros lloran porque es demasiado tarde para volver atrás y remediar sus defectos. Yo sigo cantando, bien grave. Profundo.
Las siguientes tomas ya no son con esponja. Se las escupo con flechas neones que los ponen a bailar el rave. Me pongo mis lentes oscuros porque sueltan chispas que queman lo aprendido. Ya no gritan, sólo gesticulan.
Alcanzamos el paroxismo en un torbellino de colores que se acelera para arrastranos a todos al siguiente nivel.
Quieren que los acompañe, pero les muestro mis tatuajes y desisten. Se van con un fuerte psytrance moviendo sus huesos o lo que queda de ellos. Se van contentos fuera del limbo que los mantenía cautivos y sin informes.
Me fumo un mapacho, solo.
Enmedio de ese gran desierto que me vio morir un día.
Juguetes inservibles, incompletos, yacen dispersos en esa zona oscura. Suena un lamento interminable que cala cuando le prestas atención.
Es hora de regresar. Más envejecido, pero fortalecido.
Una anciana me dice mientras me tapa con una vieja cobija:
– ¿A donde vas cabrón, si aquí es tu casa?
– Voy a donde todavía brillan las estrellas y sale el sol cada mañana, le respondo a mi abuela mientras cierro los ojos y me esfuerzo por soltarme de sus huesudas manos.
Al despertar, por lo regular es en la fría zona espiritual. Ya les platicaré de ella y de sus egos.
Ahora quiero morir otra vez para recuperar fuerzas.
Jaguar Negro


1.- El Ensueño

A veces
doy Ayahuasca cuando duermo en el ensueño.
No sé quien la organiza, porque
cuando llego, ya están sentados en círculo.

Apenas aviento mapacho y
a todos se les retuerce la cara y
se les escapan los bichos entre sus ropas.

Los andan persiguiendo por todo el cuarto, porque son sus bichos y no los quieren perder.

Yo me siento a ver como chocan entre sí.

Cuando se cansan, les escupo agua florida y se van a sus lugares con cara de niños regañados.

A veces llegan los otros jaguares y se ponen a tocar con juguetes mexicanos.

La música suena cuántica, escandalosa.

Voy sirviendo Ayahuasca bien cascabelera. Hasta lucecitas tiene la botella y el vasito anda bien ayahuascado.

Cuando toman Ayahuasca se ponen a flotar. Primero poquito, pero al rato andan en el techo. Por eso los sostengo con mi bastón, con un hilo que amarro a un tobillo. Si no tienen tobillos, los amarro de una mano o del brazo.

Los jaguares para entonces andan bien chamanicos, bien nahuales. Toque y toque sus instrumentos. También flotan pero con cierto control.

Desde mi corona mando rayos láser despacito. Parecen salchichas neones que impactan en los flotadores y los afecta de variadas formas. Las salchichas verdes los hace llorar, con las naranjas se vomitan, con las multicolores se carcajean…

A veces viene el diablo. Yo digo que es el diablo porque cuando entra muchos lo señalan y gritan ¡el diablo!, ¡el diablo! (no sé si asustados o con gusto). Para ese entonces, ya no sabe uno si reír o llorar.

El mentado diablo se pone a bailar con sus botas vaqueras picudas de piel de serpientes vivas, que sacan la lengua y abren más los ojos cuando me río de su situación. A veces acompañan al chamuco calaveras de cartón, alfeñiques gruñones y mujeres estrambóticas.

Los Jaguares tocando con todo. Parece banda o tecno. A esa hora suenan igual.

Unos flotadores bajan a bailar bien a gusto. Otros se quedan en la esquina agazapados, mordiéndose los dedos o las cejas o los sentimientos. Cuando canto otra canción se les acaba el ritmo y el diablo y compañía se van a bailar a otra fiesta. Algunos flotadores pretenden seguirlos, pero los tengo bien sostenidos con el hilo.

Luego nos visitan las almas perdidas. Plañideras sin rostro que prenden velas por todo el cuarto, oscureciéndolo cada vez más y más.

Los flotadores bajan poco a poco con un lamento interminable y en sus lugares, en el círculo, comienzan a cavar con sus manos tremendos agujeros donde se meten y se mueren. O se hacen los muertos.

Cuando llega la serpiente del amor se vuelven a salir del agujero (no tuvo sentido hacer un hoyo que no usan «se dan cuenta que la muerte ni existe»).

La serpiente es tan grande que no cabe en el cuarto. Cada escama es de un color diferente. Tiene millones de escamas que pulsan. Sólo cabe un pedazo de la serpiente que se arrastra a través de las paredes del cuarto. Cuando entra su cabezota, se come a varios al mismo tiempo. Hasta que se los come a todos.

Ahí canto otro icaro egipcio. A los jaguares y sus juguetes mexicanos también se los llevó la serpiente del amor. Sólo quedan los hilos que se tensan y se pierden en el techo. Quien sabe donde andan.

Ya ni el cuarto existe. Sólo los hilos que sostengo y se pierden en el entramado luminoso en medio de una oscuridad cósmica.

En el cielo galáctico hay una fuerte tormenta eléctrica. Con cada destello se aprecia el domo sagrado, una carpa geodésica que todo cubre. En el fondo hay un mandala de proporciones titánicas que gira con estruendo. El viento espacial me pega en la cara para recordarme de mover los cascabeles y las sonajas.

Cada hilo se va aflojando y van aterrizando uno a uno los flotadores, con trajes espaciales y cascos de buzo. Cada uno se despoja del pesado vestido y se sienta en su sitio original mientras juntos descendemos con la sensación de un elevador (o descensor).

Los jaguares también llegan haciendo piruetas en el aire, presumiendo nuevos collares y tocando extrañas flautas (quién sabe de dónde las sacaron).

Mientras bajamos a la zona astral, platican sus experiencias y visiones. Andan muy contentos. Su piel húmeda deja ver nuevos tatuajes geométricos y plumas que salen de sus largas cabelleras.

Mi canto es más pausado, casi cansado. Cuando llegamos a la zona astral todos se van desatando y tocamos nuestras frentes en señal de despedida. Saltan de la alfombra hacia su casa, donde aguardan sus cáscaras físicas (deben estar dormidas, igual que mi cáscara).

Me tomo un traguito de agua florida y me acuesto para relajar el dolor del coxis. Estuvo bueno. La Ayahuasquita quiere dormir también. Me hago bola para alejar el frío (la zona astral no es nada cálida) y cierro mis ojos. No se cuales, pero los cierro. Ya cuando despierte, estaré amaneciendo en ese viejo cuerpo cansado, atrapado en la gravedad de la tierra que cae eternamente y la severidad de un mundo que se autoconsume.

Mañana hay que dar más encuentros de Ayahuasca. En la zona física. En el mundo material. Y también en la fría zona astral. O visitar la zona espiritual… pero esa es otra historia, que a lo mejor algún día contaré.

Buenas noches o buenos días… O simplemente «buenas».

Jaguar Negro.

El chamán me dijo

– ¿Que te dijo el chamán?

– Que estoy jodida. Que me pasé de tueste.

– y eso ¿qué significa?

– significa que es tiempo de sanar… dice que estoy saturada de realidad. Que me excedí de crédula. No se bien a qué se refiere…

– ¿y ‘ora? ¿Que vas a hacer?

– pues me dio una receta, que para olvidar, que para desaprender.

– entonces, tienes una enfermedad…

– yo creo que si. Me revisó y me dijo que tengo…

Inflamada la razón
El presente distendido,
Que carezco de pasión.

Que me hace falta soñar
Que la felicidad me abandonó
(cuando dejé de confiar,
la voluntad se infectó)

Tengo prurito en la consciencia,
Herido el corazón.
Exceso de pasado,
Diarrea de razón

Baja mi autoestima
Elevado el rencor

Tengo náusea por la vida
Dolor en el futuro
Relación tóxica
Insuficiencia de amor…

– Con razón te dijo el chamán que estabas bien jodida.

¿Y cuál es la receta para tus males?

– Deja te leo lo que alcancé a escribir… hablaba muy rápido el cabrón…

Que durmiera sobre lavanda
Que bebiera el aroma de las flores
Que comiera miel de mis propias manos
Que me hiciera de comer.

Que enmarcara mi foto
Y le encendiera una veladora.
Que escribiera un poema y me cantara en la regadera.

Que bailara sin zapatos,
Que riera sin motivo,
Que diera vueltas hasta marearme,
Que jugara con mi perro.

Que me llueva encima y me embarre de lodo, que abra los brazos para que me acaricie el viento, que vea el amanecer y el ocaso, que duerma bajo estrellas.

Que descanse en la playa, que suba un cerro, que nade desnuda, que viaje lejos.

Que perdiera el control,
Que renuncie,
Que escriba la última carta,
Que acepte la vida.

– ¿te dijo algo más?

– Si. Que lo fueras a ver. Porque estás más jodido que yo.

Jaguar Negro

¿Porque te aferras? Solo déjate caer…

Es importante saber que acudí por primera vez a una ceremonia de ayahuasca con el propósito de encarnar en mí el amor incondicional. Así también, es imprescindible que toda experiencia relatada sea leída entre líneas, pues, a pesar de que hice mi mayor esfuerzo para explicar con detalle lo que viví, no hay mayor placer que sentirlo por uno mismo
06 Febrero del 2016 Tepotzotlán Estado de México.

Éste es el Relato de mi Primer Ceremonia de Ayahuasca en la que participé, en aquella primera ceremonia el efecto de la planta comenzó hasta la segunda toma. Después de ingerirla, regresé a mi lugar, me recosté y los mareos se hicieron presentes, como el típico sentir de viaje en helicóptero, como cuando has bebido de más y, acostado en tu cama, todo gira en tu cabeza. En fin, pasaba el tiempo y, como no ocurría ningún efecto “maravilloso” en mí, me pregunté si la madre tierra me estaba negando la entrada a sus templos de conocimiento.

Después de un rato llamaron para la tercera toma. Ya mareado, avancé para recibir el último sorbo de medicina, regresé a mi lugar, mareado, y, en esta ocasión, las náuseas no se hicieron esperar, sentí el asco recorrer mis intestinos, subir por el estómago y llenar mi esófago. “¡Basta!”, pensé.

Me recosté, respiré profundamente y me contuve, volví a respirar pensando: “No debes de vomitar, eres más fuerte que eso, no puedes vomitar, no seas débil, tu objetivo no es vomitar”.

Las náuseas regresaron, sentí una arcada, seguida de la marea de vómito desbordándose y a punto de salir de mi cuerpo. “¡No! ¡No voy a vomitar! No voy a vomitar porque eso implicaría cortar el efecto de la medicina y que el gasto que hice para venir a realizar este ritual sea en vano. ¡Si la vomito no va a hacer efecto!”. Decidido a no vomitar la medicina —y convencido de que yo era más fuerte que eso, más fuerte que cualquier cosa, y de que yo controlaba mi cuerpo— me recosté y comencé a respirar profundamente; entonces, dejé de sentir asco, las náuseas se fueron, y pensé que lo había logrado, porque, ¡claro!, yo era más fuerte. Sin embargo, al cabo de unos segundos, las náuseas volvieron, pero más fuertes que antes, impetuosas; incontenible, sentí el vómito subir por mi esófago, lo contuve en mi garganta desesperado, tratando inútilmente de no vomitar, comenzaba a ser una experiencia desagradable y desesperante.

A pesar del ruido a mi alrededor, de cánticos y tambores, de hermanos vomitando y teniendo sus propias experiencias, y de mi desesperación, de pronto se hizo un silencio total, incluso dejé de escuchar mi propia respiración y los latidos de mi corazón, y fue surgiendo una voz como de la nada, pero que, no obstante, parecía tener en realidad mucho tiempo ahí, esperando, dentro de mi ser, de mis sesos; lo supe por su tono añejo. Ahora entiendo que esa voz era mi propia voz. Me sorprendió porque era una voz serena, tranquila pero fuerte, paciente y, sobre todo, amorosa; no sabía que mis cuerdas vocales podían lograr un registro así, ni en mi pensamiento consciente lo había escuchado. Pero era yo. Y la voz me habló.

Me preguntó: “¿A qué te resistes?”. Y yo guardé silencio; entonces, me repitió la pregunta: “¿A qué te resistes?”, y continuó, enfatizando: “¿A qué le tienes miedo? ¿A que te vean vomitar? ¿A lo que vaya a decir la gente? ¿A que piensen que eres débil? ¿A que ensucies tu ropa? ¿A que no vivas una experiencia mágica? Dime, ¿qué es lo que no te deja sacar eso que tienes dentro? ¿Qué es eso a lo que tanto te aferras? ¿Cuál es tu miedo? Sólo déjate caer…

Estas palabras resonaron en mi cabeza, pero sobre todo en mi corazón. Entonces me levanté, la arcada regresó, las náuseas, el sentir incómodo del mareo, el vómito en mi garganta, me sentí sofocado, pensé: “Pero si vomito ya no va a servir la medicina”. Y la voz respondió: “¡Qué importa si ya no sirve la medicina!, ¿te sientes cómodo como estás ahorita? ¿Te sientes cómodo con el vómito en la garganta contenido? Déjalo ir, sólo déjate caer… Y caí.
En un instante recobré la noción de mi entorno y el chamán comenzó a cantar:
En ese momento puse atención al exterior, alguien comenzaba a cantar al sonido de los tambores y las flautas diciendo: “Sólo déjate caer, sólo déjate caer”
Ya estaba cansado de contener el vómito, de contener las arcadas, me hinqué, tomé una bolsa en mis manos, sentí la arcada subir por mi cuerpo, sentí los fluidos estomacales regresar por mi esófago, tomé fuerte la bolsa y la abrí con mis manos, cerré los ojos y solté la arcada, escuché el vómito caer en la bolsa, sentí su consistencia, su sabor desagradable, nauseabundo, recorrer mi lengua, escupí, una nueva arcada emergió y otra y otra, no podía dejar de vomitar, y así continué dispuesto a sacarlo todo, me contuve un poco, respiré y abrí los ojos, la bolsa… estaba vacía. No había vómito, apenas un poco de saliva en el fondo.

Pensé, qué extraño, la arcada regresó y ahora vomité con los ojos abiertos, sentí el vómito en mi garganta, en mi boca, que salía disparado a algún lado pero, no veía nada.
La voz habló: ¿A qué le tenías miedo? ¿Esto era lo que te detenía? …. ¿Qué es lo que realmente estás vomitando? , sentí como un calor se acercaba a mi oído y la voz me susurró: MIEDO

Todo eso que sale de ti, esa sustancia invisible que es más densa que el aire, que sale de tu boca como vapores tóxicos, que no te dejaba moverte, que nos bloqueaba, que no te dejaba escucharme… Son tus miedos.
¿Es el Ego? – Pregunté. Sentí una mirada tan amorosa y su voz susurro como queriendo que nadie escuchara, que apenas yo lo captara; El Ego no existe.
Mientras sigas teniendo miedo a hablar, a reír, a saber, a expresarte, a gritar, a preguntar… el Vómito se hará presente.

Sentí una gran tranquilidad, una paz interior muy grande, entonces me recosté y comencé a llorar, sentía como las lágrimas escurrían por mis mejillas, era un llanto de alegría.
Llevé mi mano derecha a mi rostro para secar mis lágrimas y al tocar mi mejilla descubrí con desconcierto que no había humedad en mi rostro, no había lágrimas, la almohada no estaba mojada.

La voz me dijo: “Estás llorando pero no salen lágrimas.”
De pronto comencé a sentir unas ganas enormes de ir al baño, sentí un poco de retorcijones en mi estómago, inmediatamente pensé en “diarrea”, Me envolvió un pánico social, ¿si no llegaba al baño? ¿Si me batía? … Me levanté rápido y pedí a un chico me mostrara la dirección del sanitario, fui lo más rápido que pude pues el efecto giratorio de la ayahuasca era muy notorio.

Llegué al sanitario, baje mi ropa y me senté, sentí el retorcijón y me preparé psicológicamente para una diarrea explosiva, al siguiente instante sentí que salía todo, miré la taza del baño y nuevamente para mi sorpresa no había nada, tome papel de baño, me limpié pero no había nada que limpiar.

La voz volvió a hablar: “Sientes que tienes que desechar algo pero no desechas nada”
Regresé a la fogata junto a los demás hermanos, cantaban intensamente, cantaban canciones hermosas, sobre pachamama, sobre los elementos, sobre el tiempo, sobre los abuelos, sobre el amor, en conjunto con las voces sonaban los palos de lluvia, los tambores, las guitarras, los bowls.

Me recosté en armonía preguntándome: ¿Qué está ocurriendo?
La voz volvió a hablar: “Vomitaste pero nada salió de tu cuerpo, lloraste pero no hubo lágrimas que derramar, defecaste pero no había nada que desechar, ¿sabes por qué? Por el simple hecho de que NO HAY NADA QUE DESECHAR, todo está en tú mente, No vomitaste porque no hay nada de lo que tengas que arrepentirte, no lloraste porque no hay nada que te tengas que lamentar, no defecaste porque no hay nada que tengas que cambiar, pues así como eres, eres perfecto, porque todo lo que has vivido, las elecciones que has tomado han sido las correctas, porque todo eso te ha hecho ser lo que hoy eres, un alma pura y amorosa.

Me recosté y me volví a sumergir en los cantos, en la magia que tenía para mí la madre tierra.

Los cantos me llevaron a la siguiente visión; visualicé una montaña, enorme, llena de árboles y muy alta, que se elevaba en la profundidad de la llanura, majestuosa, serena en silencio. A su lado alcancé a ver a un ave de tonos amarillos con café, pequeña que revoloteaba alrededor de la montaña cantando fuertemente, llena de énfasis, segura de su canto. El ave volaba cerca de la montaña dándole vueltas una y otra vez. El ave sabía que la montaña esta viva y revoloteaba a su alrededor cantando canciones de amor, subía y bajaba e incitaba a la montaña a cantar dando vueltas, girando, cambiando de dirección de velocidad y de movimientos.

La montaña por su parte estaba tranquila, sabía de la existencia del ave, desde el inicio la había visto volar y revolotear, escuchaba atenta a su canto, la veía pasar una y otra vez poniendo atención en su voz y en sus giros.

Después de unos momentos la montaña se sintió muy a gusto, se movió un poco y pensó que no estaría mal cantar un poco, respiró profundamente y una voz ronca y profunda inundó el valle, atravesó todos los árboles y su eco retumbo en la tierra, continuo cantando y moviéndose alegremente, por su parte el ave seguía bailando y cantando alrededor de la montaña y se regocijaba en ello, tanto que elevó su canto por encima del canto de la montaña y voló más alto y más rápido. Fue entonces cuando la montaña dejó de cantar, se acomodó un poco y regresó a su profunda meditación, a su acostumbrado silencio abismal. El ave siguió cantando más feliz que nunca, revoloteaba alrededor de la montaña, subía y bajaba y su fuerte canto retumbaba en todos los árboles.

La visión terminó y fue entonces cuando la voz de mi cabeza volvió a hablar: “Eso es el amor incondicional”, me dijo, “El ave cantaba y volaba alrededor de la montaña porque esa es su naturaleza, volar y cantar, aún cuando el ave quería que la montaña cantara, no estaba pensando: ¿por qué no cantaba ya la montaña?, la pequeña ave nunca intentó obligar a la montaña a cantar, ella sabía que no iba a dejar de cantar si la montaña no cantaba, aún cuando volaba y hacía giros majestuosos enfrente de los ojos de la montaña, el ave no lo hacía para llamar la atención de ella, el ave volaba de esa forma porque la naturaleza de un ave es volar. Cuando la montaña inició a cantar, el ave no fue más feliz, sólo se dedicó a disfrutar la voz de la montaña y a disfrutar esa una nueva experiencia que ahora compartían.

Cómo pudiste ver, la montaña dejó de cantar cuando el ave cantó más fuerte y no lo hizo porque se haya molestado o por que se haya sentido ofendida, dejó de cantar por el simple hecho de que ya no quería hacerlo, pues la naturaleza de una montaña es cantar, quiso entonces regresar a su profunda meditación. El ave tampoco se molestó o se entristeció de que la montaña haya dejado de cantar, por lo contrario, se regocijo por el hecho de haber creado un momento mágico junto con la montaña, el tiempo que haya durado, lo importante era que lo compartieron disfrutando su nueva experiencia. Eso es el amor incondicional, uno no espera algo del otro, ni deja de ser lo que es, por agradar a alguien más, no hay drama ni sufrimiento en el abandono, porque no existe tal abandono, la montaña nunca se iba a ir de ahí y el ave podría regresar las veces que quisiera, no existe apego ni deseo, únicamente la experiencia vivida que nos proporciona el tiempo.

Pude ver muchas otras cosas, todas relacionadas al Amor Incondicional, Vi el sol ardiendo y a su alrededor los planetas girando lentamente, cada uno a la distancia necesaria del Sol para poder calentarse sin quemarse, “Todos necesitan el fuego, pero no todos pueden tocarlo, me mostro como las personas se acercaban a la fogata y se alimentaban de su luz, de su calor. Me mostró como el fuego quemaba las impurezas del ambiente y el se regocijaba en ello sin importar que nadie pudiera acariciarlo.

Me recosté a escuchar la música y a agradecer al universo por todo hasta que comenzó a salir los primeros rayos del Sol.

Jeshua Montes Conejo

Había aceptado por fin…

Había iniciado la ceremonia, los cuerpos chisporroteaban y la abuelita pequeñita se deslizaba en la habitación. Parecía que la media con sus pequeños pasos, la revisaba y la ordenaba en su mente.

Sentado en la cama esperaba pacientemente la expansión de la maravillosa sustancia a partir de mi estómago hacia todos los rincones apartados de mi cuerpo.

Sabía que iniciaría su propagación en un movimiento espiral de caracol, desde el centro de mi estómago hacia todos los confines de mis extremidades. Como una inmensa e in imaginada serpiente, se deslizaría por todos mis células, penetraría lentamente los huesos hasta apoderarse de mi razón, para hacerme vibrar en su frecuencia.

Conforme pasaba el tiempo y en la oscuridad, la maravillosa sustancia se hacía más pesada en mi vientre. En momentos, sentía deseos de volver el estómago y liberarlo de esa extraña fuerza que sabía, pronto sería dueña de mi cuerpo.

No tenía miedo ni angustia. Me sentía tranquilo y relajado. Sabía que pronto estaría la serpiente frente a mí y que iniciaríamos un encuentro pospuesto.

Empezó entonces en lo más profundo de mi ser a escucharse una tonada monótona y repetitiva, una frecuencia como una ondulación armónica. Sabía que estaba llegando.

Mi cuerpo empezó a moverse rítmicamente. La cama era ya demasiado pequeña y salte al piso. Sentía como la sustancia se iba apoderando de mi cuerpo y hacia que se moviera rítmicamente. La música salía de mis adentros y la tonada era obsesivamente repetitiva y rítmica.

Los movimientos me relajaban y me entonaban en la frecuencia de la sustancia. Me asomé al ventanal y las luces de la ciudad se me fueron encima y me prendieron como dardos luminosos, que me seguían a donde me moviera.

El cuerpo se sentía más desahogado, el ritmo del movimiento era más fluido y mi cuerpo crecía en el ritmo. Todos mis músculos se empezaron a fortalecer y a pesar de mantener una elasticidad asombrosa, la dureza de su contorno me permitía bailar sin ningún esfuerzo.

La música interna vibraba a través de todos los poros de mi cuerpo, como una fórmula matemática, como una greca continua, se repetía una y otra vez hacia el infinito. Sentí entonces que era imprescindible bailar y entre mis cosas apareció un tambor ceremonial de los tarahumaras e instintivamente lo empecé a tocar, tratando de seguir el ritmo que se generaba en mis entrañas.

Mi cuerpo se movía sin mi voluntad, él había tomado el control y hacia lo que sentía. La sustancia era dueña total y absoluta en mi cuerpo. Circulaba vertiginosa por el torrente sanguino y el estómago parecía una pequeña caldera que estaba a punto de explotar. En momentos en que sentía que era demasiada la sustancia instintivamente orinaba para bajar la saturación y poder ser más fluido.

A través de la danza empecé a «saber», el conocimiento venía de los movimientos. Todo mi cuerpo estaba sufriendo conscientemente un milenario proceso de aprendizaje y aunque mi mente se resistía, el cuerpo había tomado el control total. Cada miembro de mi cuerpo parecía que tenía vida propia, no sólo por sus movimientos sino fundamentalmente por su conciencia concertada con el centro de mi ser de dónde provenía la rítmica frecuencia, que se expresaba como música, pero que en el fondo yo sabía que era el movimiento ondulatorio de la luz.

Cerré los ojos y bailé al ritmo del tambor que pretendía seguir la frecuencia intermitente que salía de lo más profundo de mis adentros. Toqué el caracol a los cuatro rumbos de la existencia, el centro de la habitación dejaba de ser profano y pasaba al ámbito de lo sagrado. El milenario conocimiento se manifiesta nuevamente en sus hijos.

Estaba en medio de la habitación girando en torno de mí y la música, cuando apareció flotando en el espacio a la altura de mis ojos.
Una mancha nebulosa que irradiaba luz blanca y verdosa, empezó a asecharme.

Sus ojos de luz penetraban mi corazón y me aferraba a la danza como defensa. Sentía una mezcla de miedo y emoción. Instintivamente crucé los brazos haciendo mucha presión con los antebrazos. Algo en mí interior me decía que esa era una protección, un escudo que impediría que brincara sobre mí.

Pero a pesar de todo, en un momento el poderoso jaguar se abalanzó. Salto con agilidad describiendo un arco y fue a caer con sus patas delanteras sobre mi cabeza y por ahí empezó a penetrar en el cuerpo, entre destellos de luz.

Detuve la danza y alce la vista. Caía desde el firmamento una cascada de luz que me bañaba de la cabeza a los pies. Cuando finalmente penetró totalmente el jaguar en mi cuerpo, empecé a girar con los ojos cerrados.

Había dicho anteriormente que los cerros de San Felipe me protegen. Yo sé que son mis guardianes, en especial uno que sobresale de la sierra visto desde la ciudad. Sabía que tenía que girar y de pronto parar y abrir los ojos. Sabía que la dirección marcada sería una señal muy importante. Tres de las cuatro ocasiones detuve mi giro frente al Cerro de Atzompa.

Entendí directamente sin ninguna elucubración, que mi sitio de poder sería la guarida del jaguar. De pronto supe con suma claridad que la fuerza de Monte Albán se había refugiado en el Cerro de Atzompa.

En la primera ocasión en las montañas de Huautla quien me ayudó fue una inmensa serpiente de cascabel, ahora en el valle, frente a la montaña sagrada, fue el jaguar el que vino generoso a darme su fuerza, su astucia y su valor.

Cuando entró el jaguar en mí ser, supe a través de la luz que me bañaba, que mi destino era el combate. Que mi tarea en este mundo requiere del espíritu de un guerrero. La Serpiente me dio la luz y el jaguar la fuerza.

Recuerdo especialmente dos posiciones con mis manos, una de defensa, como un escudo y la otra, como un condensador de energía que sale de mi pecho a partir de un rombo hecho con mis manos invertidas, del que con un gran esfuerzo sale un torrente de energía.

La sustancia rebosaba por todos mis poros. Salía de mis ojos y se prendía a la bóveda celeste que desde los ventanales nos asechaba. La frecuencia sonora se iba afinando cada vez más y todas las células de mi cuerpo tenían conciencia propia de la frecuencia y compartían el movimiento con todo lo que me rodeaba.

Empecé a hacer movimientos rítmicos y elásticos, pero mi cuerpo vibraba de la tensión a la que estaba siendo sometido. La sustancia se había apoderado de mi espina dorsal y penetraba amenazante a mi cerebro, reducto de mi yo incrédulo y temeroso.

En ese momento, aferrado a mi conciencia, tuve que aceptar el ineludible compromiso de ser un guerrero, mi destino estaba marcado con la guerra florida. El espíritu de la montaña se había apoderado de mí o yo me integraba a la montaña, se había sellado el «compromiso». La Serpiente y el Jaguar me acompañarían en mi destino.

Para esos momentos las amables y generosas personas que estaban en la habitación se habían quedado en otro plano, intentaban bondadosamente regresarme. Las entendía pero estorbaban.

En un momento me sentí desfallecer y me desplomé en la cama. Mi cuerpo estaba exhausto. Pero aún tirado en el lecho, mi cuerpo no podía dejar de moverse.

La abuelita me hablaba. Mi cuerpo se enfrió y empezó a transformarse mi visión.

Al principio la visión se distorsionó y las figuras se transformaban en pequeños cuadros de colores. El mundo se transformó en un inmenso mosaico de colores con extrañas formas que, poco a poco, se convirtieron en grecas de colores.

En medio de esta sensación, yo sabía que estaba entrando a otra fase del proceso. La maravillosa sustancia se había apoderado totalmente de mi cerebro y mi último reducto de sobriedad se desplomó. Mansamente acepte el estado, aunque mi cuerpo, en especial mi pierna izquierda se seguía moviendo rítmicamente sin mi control.

La noche estaba llegando a su fin. Extremadamente cansado yacía sobre la cama. Todo tomó un ritmo más lento pero más profundo. Sentía que la sustancia no cabía en mi cuerpo.

De pronto la vibración que me había acompañado durante toda la noche se empezó a expandir en mi cuerpo, la habitación y el mundo entero. Sin darme cuenta y más como una necesidad, empecé a seguir el ritmo de los sonidos que salían de mi interior. Con mi boca imitaba a través de sonidos como de una serpiente, la música que salía de mi ser.

El escucharme me reconfortaba. El repetir las notas con los dientes cerrados y la lengua presionándolos, me hacía sentirme parte armónica de lo que me rodeaba. Entendí que todo en el universo está constituido de una frecuencia, que la esencia de todo es una frecuencia, un grupo de sonidos en el que estamos vibrando todo cuanto existe en el universo.

Que todo es luz, pero que esa luz no es estática, sino que se mueve rítmicamente, como una greca sin fin.
Supe entonces que las grecas y sus colores, son la nostalgia de los seres humanos por retornar a la esencia más pura del origen. Las grecas son una abstracción del recuerdo de la luz y representan gráficamente ese fluir, esa ecuación perfecta que nace desde lo más profundo de nosotros y nos prende al mundo de afuera, nos armoniza y conecta con el todo, con el universo.

El desafío es encontrar la frecuencia para afinarse con lo inconmensurable. Supe que todo, absolutamente todo en el universo tiene vida. Pero que esa vida tiene que ver con la frecuencia en la que vibran cada una de las cosas que esta en él.

La frecuencia en que vibran las cosas en el mundo, están en contra punto o en diversas escalas de la frecuencia fundamental. El universo está constituido en su totalidad de una inmensa frecuencia, con billones de variaciones sobre esa frecuencia, cada variante es una vida, una conciencia. De esta manera una bacteria, un insecto, un ser humano, un árbol, una roca, una montaña, un planeta o una estrella, todos vibran con la misma frecuencia, lo que varía es el tono de ella.
Entendí de esta manera que una piedra o el mismo planeta Tierra, tienen vida. Esta vida está determinada por la vibración y su frecuencia.

Me sentía exaltado por saber y sentir esto en mi cuerpo. Percibía al mundo por primera vez a partir de la vibración y me sentía dichoso por estar afinado, entonado con este movimiento, con la frecuencia maestra. Mi cuerpo estaba afinado con todo cuanto me rodeaba. Mi alma estaba en una profunda paz como nuca había sentido y mi mente estaba tranquila, había aceptado por fin esto que ahora intento escribir.

Shimmo (Zhimmo)

Manto de Estrellas

Tomo la ayahuasca y me recuesto, escucho los cantos, los ícaros del chamán, espero… Camino durante largo tiempo por un sendero lleno de árboles grandes de distintos colores: verdes, amarillos, azules, violetas. Me detengo al sentir, muy cerca, un viento suave, miro mi cuerpo y me doy cuenta que miles, millones de libélulas, vuelan a mi alrededor.

– Estoy desnuda, pienso, y siento el aleteo más fuerte. Lentamente comienzo a elevarme entre las copas de los árboles, veo algunos pájaros, después la selva entera y un río muy grande. Más adelante, los océanos y la Tierra.

– Voy hacia el espacio, me digo.
Pronto se hace el silencio, estoy cada vez más lejos del planeta, sólo alcanzo a ver diminutos puntos de luz. Abro los ojos para acostumbrarme a la oscuridad, descubro a Júpiter con sus lunas, parecen globos de gas flotando en el universo. Más tarde observo a lo lejos una espiral con millones de estrellas, comprendo que es la Vía Láctea.

– ¿Cómo es posible que pueda continuar viva en esta inmensidad?, me pregunto, pero no tengo miedo, las pequeñas libélulas acompañan mi viaje. Continúo… ya no hay diferencia entre espacio, tiempo y mi corporalidad, “todo es uno y lo mismo”, me repito.

– En un momento aparecen ante mí múltiples círculos transparentes, voy hacia uno de ellos, me acerco, parece una ventana, pero no hay vidrio, es como una película plástica, la toco y mi mano la atraviesa, pienso en Alicia cuando cruza el espejo, pero desecho la idea, esto es distinto.

Decido entrar, al hacerlo, las libélulas se desvanecen, ahora estoy sola, pero me siento bien, me doy cuenta de que estoy en un lugar lleno de paz. Levanto la vista y entonces puedo verlo, ahí está, tiene la misma mirada, el pelo largo, la misma delgadez, le acaricio el rostro y comienzo a llorar interminablemente, en un abrazo escucho sus palabras: “todo está bien, ya no hay nada de qué preocuparse, la muerte es sólo una parte del todo”, dice, lentamente me tranquilizo y entro en un sueño profundo, mientras él me cubre con su manto de estrellas.

Cruz Elena

Ayahuasca, Maestra de maestras

Un día conocí que existen plantas maestras, que hablan, que enseñan y curan, plantas con espíritu ancestral, antiguo, llenas de energía cósmica, con raíces profundas que llegan hasta el corazón de la tierra, con ramas frondosas que se elevan hasta el corazón del cielo.

De entre todas esas plantas, abundantes en conocimiento silencioso, existe una que es la gran abuela de todas las otras plantas, maestra de maestras, tiene la esencia de la selva, la sabiduría de la serpiente, la fuerza del jaguar, habla el lenguaje universal del amor, la energía más pura, única, sin igual.

Cuando la tomas, devora tus miedos, derriba tus paradigmas de la vida, de la muerte, disuelve tus egos ybte lleva al centro vital de tu verdadera esencia, libre de creencias, de interpretaciones, de pensamientos, de juicios, de condicionamientos.
Le conocen como la liana de los espíritus, conecta con otras dimensiones de la conciencia, a universos paralelos, te permite contactar al plano dónde se encuentran tus ancestros, todo esto desde dentro de ti, como si siempre se hubiera encontrado su espíritu en tu cuerpo, mantiene tu energía en constante movimiento.

Primero limpia, purga, desintoxica, trabaja a nivel físico, mental, emocional y espiritual, cuando aligera la carga en estos cuatro niveles, entonces comienza la descarga de información, cifrada en partículas de colores nunca vistos, de sentimientos y sensaciones totalmente nuevas, la memoria molecular se refresca, el adn se activa, permitiendo la libre circulación de lo que en el se resguarda, nos reconocemos como parte del gran espíritu, entonces volamos y nos convertimos en agua, en aire, en fuego, en tierra, volamos y nos transformamos en selva, en bosque, en desierto, en mar, en río, en lago, nos transformamos incesantemente en todas las posibilidades del vasto multiverso, nos deleitamos en la infinita multitud de seres que existen dentro de nosotros mismos, asi conocemos la inmensidad que nos habita y dejamos de identificarnos con una sola forma, incluso se puede perder la forma, fundirse con la totalidad como una sola conciencia, un solo ser, en un cuerpo que se expande hacia todos los rumbos.

Avanzar sin miedo es caminar en amor, en armonía, en paz, saber que la decisión es nuestra es una llave mágica hacia la felicidad, para construir una vida plena, mantener nuestro propio templo en equilibrio y decidir cada acción siempre manteniendo en mente al todo, concientes de ser parte del cosmos e intencional hasta la más simple de las palabras con el más profundo amor por la vida, despertar en nosotros a todos los seres, trabajar en nuestro interior el interior de nuestros hermanos y hermanas, sanar en mi lo que no me gusta de las demás personas, porque para poder estar en paz con el mundo, debo estar en paz primero conmigo mismo.

Recuerdo que siempre supe que las plantas pueden ser maestras, que hablan, que curan y enseñan, recuerdo que mientras soñaba con serpientes, me vi a mi a mi mismo como un jaguar negro con manchas blancas, acechaba con sigilo las sombras de mis ancestros, salté a un árbol, descubrí que el cielo nocturno era mi cuerpo, las manchas blancas que llevaba sobre mi cuerpo de jaguar eran las estrellas, las estrellas eran mi pasado pero también mi futuro, el movimiento de felino cósmico mi presente, la medicina de la selva un espíritu que me llena de vida y me enseña a no tener a la muerte, que la muerte es mi amiga pues sin ella la vida no tendría sentido, y sobre todo que el tiempo es relativo, porque si lo vives en amor puedes arañar el infinito con tus dedos.

Ahora me encuentro encendido, mi fuego interno dialoga con el universo interno y externo, me hablan las voces de los insectos, las voces de los ancestros ocultos en las luminosas estrellas en el cielo, dicen que todo cura, que todo sana, que todo lleva medicina dentro.

Ayahuasca medicina me colmas de agradecimiento.

Eraclio

Ayahuasca en Teotihuacan (Los testimonios del Jaguar Negro)

Encuentro de ayahuasca en Teotihuacán, estado de México.

En esta ocasión, el encuentro se dio a un par de kilómetros de la ciudad donde los dioses se encuentran, en San Martín de las pirámides. Casi cuarenta personas listas para acceder al interior de ellos mismos, a las zonas más profundas de su inconsciente pero de manera consciente y totalmente lúcidos, gracias a la ayuda del espíritu de la liana de los muertos, que ha sido reconocida por doctores y expertos en el fenómeno de la ayahuasca alrededor del mundo, por ser esta cocción de plantas, un poderoso psicointegrador de los aspectos o dimensiones que se encuentran en el consciente e inconsciente colectivo de la humanidad para asimilarlos e integrarlos en los niveles individual y grupal, de esta manera, al presentarse a los participantes las zonas más oscuras de sí mismos, pueden observarlas e iluminarlas, transmutarlas en aspectos positivos que los ayuden a su crecimiento y desarrollo personal, así como a la sanación de sus heridas psicológicas, emocionales y espirituales.

Antes de la toma, se trabajó en dos temazcales, primero en uno y luego en el otro, así equilibraron la dualidad para reconocerse como unidad, sanando la parte masculina y la femenina en cada uno de ellos. Después de un par de horas de sudar y elevar cantos a la madre tierra, invocando a los ancestros y la medicina del corazón, salieron todos, a esperar el momento de tomar el líquido dulce-amargo-salado de consistencia espesa y fibrosa, lleno de amor, preparado en la selva amazónica en la región shipibo-conibo por médicos tradicionales ayahuasqueros de nacimiento, quienes le cantan ícaros mientras la cocinan, así la dejan lista para que viaje a través el continente, llegue a muchas personas que la necesitan, que han recibido el llamado de la abuela planta, y así ella sane sus almas, espíritus y cuerpos, eliminando todos los temores, las dudas y permitiendo a los asistentes reconectarse con su verdadera esencia, luminosa, radiante y pura, en la que el amor responde a todas las posibles preguntas.

La música shamánica, los ícaros y canciones de medicina armonizaron el ambiente, ayudó a los asistentes a fluir en el estado acrecentado de conciencia que brinda la ayahuasca para darles seguridad en el paso hacia otros mundos, donde algunos pudieron encontrar la causa o raíz de sus enfermedades, otros que vieron guardianes emplumados custodiando el encuentro en torno al ritual de protección con plantas mexicanas de limpia. Los rostros se transfiguraban, las personas cambiaban de apariencia, los sonidos se presentaban como fractales de colores, la geometría sagrada despertaba la memoria celular y akáshica en los cuerpos físicos y etéreos, las imágenes permitían el entendimiento profundo de las cosas, la vibración iba aumentando, la concentración atraía seres de luz dorada que esparcían su energía hacia todas las personas, se abrían portales en la cabeza por donde salían serpientes y lagartos de dimensiones intraterrenas, en busca de larvas astrales, de emociones de baja frecuencia, para alimentarse de ellas y dejar únicamente lo que aporta energía elevada para expandir la conciencia.

Mucho conocimiento vegetalista en las noches con la abuelita, maestra, doctora ayahuasca, sanación de pensamientos, emociones y liberación del karma, ensoñaciones poéticas, viajes multidimensionales, comprensión del movimiento de la energía, reconocimiento de que cada persona es, por sí misma, la totalidad el universo.

La verdad ya está dentro de cada uno. (Los testimonios del Jaguar Negro)

El 13 de febrero del 2016 tuve una experiencia que hasta este momento ha sido de las más trascendentes en mi vida: mi segunda toma de ayahuasca. He necesitado un año para tener la fuerza de compartir con ustedes el mensaje que se me dio tal y como la ayahuasca me lo pidió, pero nunca es tarde así que aquí va…

Aclaro que no vi ni escuche nada, todo lo que ahora les contare lo sentí, pero de una manera consciente, es difícil expresarlo con palabras pero tengo la certeza que fue real y verdadero…

Me dijo que la verdadera trinidad está adentro de nosotros, se forma con el cuerpo cuántico, el cuerpo físico y el niño interior (algo así como espíritu, cuerpo y alma) que eso del padre, hijo y espíritu santo ha sido un engaño porque están fuera de ti y no hay nada afuera porque todo está adentro de nosotros. Y que la manera de activar esa conexión es invocando YO SOY YO.
También me dijo que en cada toma tuviéramos la certeza de que cada quien recibe lo que necesita, no lo que quiere.
Que en nuestra vida diaria no debemos dejar las cosas a la voluntad de alguien más sino que debemos hacer todo nuestro esfuerzo y si resulta es porque te tocaba si no es porque aun no te tocaba y punto, así de simple.
Que no dudemos que TODO ES PERFECTO así tal cual es.

Me dijo que necesitaba conocer a nuestro manipulador y desenmascararlo, por lo tanto lo más fuerte de la experiencia fue mi encuentro con él, no pude verlo pero podía sentirlo y la lucha con él fue fuerte, cada vez que venía a mi me hacía temblar los huesos, me provocaba unos escalofríos horribles. Le pedí que se mostrara pero solo sentía su burla e imágenes grotescas venían a mí.
Le pregunte quien era y me dijo que es quien tiene dominado este mundo, que “el yo soy él que soy” es un juego de palabras y lo representa a él, quien esclaviza todo este universo. Que todo lo que pasa aquí es bajo su consentimiento. Que no hay buenos ni malos, él lo es todo, que estamos engañados en esta dualidad y que solo somos alimento para él, que se alimenta de la energía de los buenos porque sin saber lo están adorando, que se alimenta de la energía de los malos porque están conscientes que lo están adornado y aunque obviamente él no quiere que sepamos quien es, no le afecta que esta información llegue a algunos porque también se alimenta de la lucha de quienes sabemos su identidad. En pocas palabras todos somos su alimento y todo está manipulado por él.

También pude sentir a mi enojo y me mostró que forma parte de nosotros y debemos amarlo y aceptarlo, que es parte natural de las emociones que forman este cuerpo físico y que no son ni buenas ni malas simplemente están ahí, pero el manipulador las ha utilizado para llegar a nosotros a través de ellas y cometer los actos más terribles e inimaginables, pero no somos nosotros quien lo hace es él a través de nuestras emociones, manipulándonos.

También sentí a la muerte, la abracé y hablé con ella, es una energía femenina como de una madre, amorosa y paciente que esta esperándonos con los brazos abiertos para liberarnos de este sistema y sobre todo de este manipulador que nos quiere tener aquí atrapados, pero como nosotros tenemos miedo de ella no podemos percibir su verdadera esencia y morimos ajenos a esta verdad y por lo tanto alejados de ella.

Con todo esto le pregunté a la madre ayahuasca que si todo eso que me mostraba era real o solo era producto de mis creencias, influenciada por todo lo que he estudiado y comprendido en estos últimos años, me pidió que me vaciara todas esas ideas, que inclinara mi cabeza y las sacara porque simplemente YO SOY YO y la verdad solo está adentro de mí.

Esa noche lloré mucho, eran lágrimas de liberación, de felicidad, de tristeza por darme cuenta de la manipulación en la que estamos. Le dije a la madre ayahuasca que estaba lista para trabajar con ella nuevamente pero me dijo que esa era mi última toma, que ya no iba a necesitar más tomas ni esa noche ni después y que cuando quisiera contactar con ella la buscara en mi interior porque mis células la recordaban, que no necesitaba tomar nada externo.

La madre ayahuasca me insistió que escribiera lo que me estaba mostrando, me dijo que todo esto yo ya lo sabía antes de venir aquí pero que lo olvidé y que lo necesito recordar siempre y también compartirlo…

“Recuerden la verdad ya está dentro de cada uno, solo necesitamos conectar con ella”

Raquel Torres