A veces…

A veces
doy Ayahuasca cuando duermo en el ensueño.
No sé quien la organiza, porque
cuando llego, ya están sentados en círculo.

Apenas aviento mapacho y
a todos se les retuerce la cara y
se les escapan los bichos entre sus ropas.

Los andan persiguiendo por todo el cuarto, porque son sus bichos y no los quieren perder.

Yo me siento a ver como chocan entre sí.

Cuando se cansan, les escupo agua florida y se van a sus lugares con cara de niños regañados.

A veces llegan los otros jaguares y se ponen a tocar con juguetes mexicanos.

La música suena cuántica, escandalosa.

Voy sirviendo Ayahuasca bien cascabelera. Hasta lucecitas tiene la botella y el vasito anda bien ayahuascado.

Cuando toman Ayahuasca se ponen a flotar. Primero poquito, pero al rato andan en el techo. Por eso los sostengo con mi bastón, con un hilo que amarro a un tobillo. Si no tienen tobillos, los amarro de una mano o del brazo.

Los jaguares para entonces andan bien chamanicos, bien nahuales. Toque y toque sus instrumentos. También flotan pero con cierto control.

Desde mi corona mando rayos láser despacito. Parecen salchichas neones que impactan en los flotadores y los afecta de variadas formas. Las salchichas verdes los hace llorar, con las naranjas se vomitan, con las multicolores se carcajean…

A veces viene el diablo. Yo digo que es el diablo porque cuando entra muchos lo señalan y gritan ¡el diablo!, ¡el diablo! (no sé si asustados o con gusto). Para ese entonces, ya no sabe uno si reír o llorar.

El mentado diablo se pone a bailar con sus botas vaqueras picudas de piel de serpientes vivas, que sacan la lengua y abren más los ojos cuando me río de su situación. A veces acompañan al chamuco calaveras de cartón, alfeñiques gruñones y mujeres estrambóticas.

Los Jaguares tocando con todo. Parece banda o tecno. A esa hora suenan igual.

Unos flotadores bajan a bailar bien a gusto. Otros se quedan en la esquina agazapados, mordiéndose los dedos o las cejas o los sentimientos. Cuando canto otra canción se les acaba el ritmo y el diablo y compañía se van a bailar a otra fiesta. Algunos flotadores pretenden seguirlos, pero los tengo bien sostenidos con el hilo.

Luego nos visitan las almas perdidas. Plañideras sin rostro que prenden velas por todo el cuarto, oscureciéndolo cada vez más y más.

Los flotadores bajan poco a poco con un lamento interminable y en sus lugares, en el círculo, comienzan a cavar con sus manos tremendos agujeros donde se meten y se mueren. O se hacen los muertos.

Cuando llega la serpiente del amor se vuelven a salir del agujero (no tuvo sentido hacer un hoyo que no usan «se dan cuenta que la muerte ni existe»).

La serpiente es tan grande que no cabe en el cuarto. Cada escama es de un color diferente. Tiene millones de escamas que pulsan. Sólo cabe un pedazo de la serpiente que se arrastra a través de las paredes del cuarto. Cuando entra su cabezota, se come a varios al mismo tiempo. Hasta que se los come a todos.

Ahí canto otro icaro egipcio. A los jaguares y sus juguetes mexicanos también se los llevó la serpiente del amor. Sólo quedan los hilos que se tensan y se pierden en el techo. Quien sabe donde andan.

Ya ni el cuarto existe. Sólo los hilos que sostengo y se pierden en el entramado luminoso en medio de una oscuridad cósmica.

En el cielo galáctico hay una fuerte tormenta eléctrica. Con cada destello se aprecia el domo sagrado, una carpa geodésica que todo cubre. En el fondo hay un mandala de proporciones titánicas que gira con estruendo. El viento espacial me pega en la cara para recordarme de mover los cascabeles y las sonajas.

Cada hilo se va aflojando y van aterrizando uno a uno los flotadores, con trajes espaciales y cascos de buzo. Cada uno se despoja del pesado vestido y se sienta en su sitio original mientras juntos descendemos con la sensación de un elevador (o descensor).

Los jaguares también llegan haciendo piruetas en el aire, presumiendo nuevos collares y tocando extrañas flautas (quién sabe de dónde las sacaron).

Mientras bajamos a la zona astral, platican sus experiencias y visiones. Andan muy contentos. Su piel húmeda deja ver nuevos tatuajes geométricos y plumas que salen de sus largas cabelleras.

Mi canto es más pausado, casi cansado. Cuando llegamos a la zona astral todos se van desatando y tocamos nuestras frentes en señal de despedida. Saltan de la alfombra hacia su casa, donde aguardan sus cáscaras físicas (deben estar dormidas, igual que mi cáscara).

Me tomo un traguito de agua florida y me acuesto para relajar el dolor del coxis. Estuvo bueno. La Ayahuasquita quiere dormir también. Me hago bola para alejar el frío (la zona astral no es nada cálida) y cierro mis ojos. No se cuales, pero los cierro. Ya cuando despierte, estaré amaneciendo en ese viejo cuerpo cansado, atrapado en la gravedad de la tierra que cae eternamente y la severidad de un mundo que se autoconsume.

Mañana hay que dar más encuentros de Ayahuasca. En la zona física. En el mundo material. Y también en la fría zona astral. O visitar la zona espiritual… pero esa es otra historia, que a lo mejor algún día contaré.

Buenas noches o buenos días… O simplemente «buenas».

Jaguar Negro.