3.- El Cielo

Cuando comparto Ayahuasca en la zona espiritual, trato de mantener contacto con el mundo físico, porque no me gustaría quedarme ahí indefinidamente.
(Por eso no dejo de agitar el muvieri y los cascabeles)
En algunas ocasiones, cuando tomo ayahuasca para seguir explorando los 21 mundos y tratar de cartografiarlos, sucede una especie de interrupción que identifico por el tremendo frío que comienza en lo profundo de mis maltratados huesos y se extiende por la cara hasta llegar a las ideas más necias.
Del frío sucede un descenso en picada hasta la zona espiritual, lo que en ésta parte del planeta le conocen como cielo.
Me he quedado algunas veces como espectador pero el hambre y la cruel temperatura no me dejan contemplar tranquilamente la gran sala de espera. Por eso me dispongo a trabajar.
Del morral saco mi tela roja, unas ocarinas y algunas veladoras. También el mapacho, el agüita florida y la ayahuasquita.
Todo pesa más o no hay mucho oxígeno.
Ya que tengo todo listo me cuesta empezar, pues no sé que decir o a quien. Nadie me pela. Todos están corriendo de aquí para allá, agitando papeles, buscando su avión.
De un mostrador los mandan a otro y cuando alguien corre, todos corren en un movimiento circular accidentado. Como Rey Rata.
La crueldad arruga las caras del personal celestial, quienes maltratan a los viajeros, se burlan de sus apariencias y les arrancan las pocas cosas que pudieron traerse del mundo cuando murieron.
Los viajeros se contagian entre sí el miedo, la desesperacion, la risa, el bostezo, la locura.
Preguntan por sus destinos, por lo que les prometieron allá en la vida terrenal. Hacen ademanes intentando inútilmente explicar las fotos que les mostraron, los cuentos que les contaron, las fábulas y fraudes que les aseguraron cuando aún vivían en la Tierra.
¡Exigen el retorno!. A la Tierra o al menos el retorno del dinero que gastaron en las ideas que compraron.
Tomo una ocarina y me pongo a tocar. Así como salga. Me siento como músico de centro comercial.
Apenas me alcanzo a escuchar yo mismo. Un empleado celestial se acerca e instala una base y micrófono. Cuando le agradezco me muestra unos viejos dientes que dibujan una sonrisa sardónica. Su gafete dice Euriel.
¡Que diferencia!. Ahora me escucho en el sonido ambiental.
Arranco con un icaro de la selva. Puede ser que no lo vuela a cantar, porque en esa zona se pierden los recuerdos inexorablemente por la energía del desapego.
Los viajeros corredores bajan el ritmo y los inconformes se relajan. Comienzan a acercarse formando un círculo.
Les toco un didgeridoo portátil y lo miran curiosos. Algunos lo acarician, otros se sientan.
Mejor me pongo la corona, para aguantar el olvido que cala.
El círculo se cierra y tararean las canciones que les canto. Unos acompañan con palmadas, otros pretenden que se saben la letra. Me doy cuenta porque es la primera vez que la canto.
Ya más tranquilos les sirvo ayahuasquita bien fría. Uno a otro se van acercando en orden. Unos se arrodillan, otros bendicen, aquellos levantan las manos y la nariz, otros se postran. Las veladoras, apagadas, porque no permiten el fuego en la zona espiritual.
Toman ayahuasquita y se acomodan como aprendieron en la Tierra. O toman nuevas poses: de loto o medio loto u otras formas de faquir. Parecen esculturas de Eleonora.
La medicina musical y plantar comienza a hacer efecto en la congregación.
Algunas lloran por todo lo que no aprovecharon. Otros aferran sus dientes a la idea de que todo ha terminado.
Angustiados por reconocer su progresiva desnudez, no dan cuenta de la imparable separación total. Pocos son los que sonríen, esperando la gran sorpresa que se avecina.
Segunda toma y más medicina musical. Mensajes para olvidar, rezos de libertad. (Libertad de si mismos y de todo cuando creían y poseían).
De a poco se van relajando, una vez vaciado su dolor.
Van soltando sus historias, sus músculos espirituales, sus marcas de expresión.
No vomitan, porque en ésta zona no existe eso. Sólo da hambre, que por cierto, me está dejando, como el frío. Son sin duda señales del final de mi existencia como la conocía.
Los circundantes se van evaporando unos, derritiendo otros. Ya ni quieren viajar, lo que quieren es descansar. Dormir la última noche de su tridimensional existencia.
Una intensa luz se cuela en los ventanales de la sala de espera, quemando sin fuego todo lo que era oscuro.
Euriel se me acerca con un boleto en la mano.
– Ya mero sale tu vuelo, apresúrate o lo pierdes.
– Ni madre. Ya estuvo. Me largo de aquí.
Tomo consciencia de mi respiración. Todo el lugar se disuelve en fractales de colores neón. Sé que de alguna manera ese lugar tampoco existe, pero la explicación se las dejamos a los filósofos o a los locos.
Regreso de esta experiencia involuntaria con la misma sensación de malestar.
Suena quedito «Man on a silver mountain» en el celular (filosofía y locura).
Tanto oxígeno marea. Nahualli, mi xolo me mira fijamente mientras levanto con esfuerzo mi cuerpo.
Ya no vuelvo a tomar Ayahuasca. (Este mes)
Quizá encuentre algún día la manera de colarme de nuevo en el lounge bar chamánico. Un lugar muy raro del que puedo contarles otra ocasión
Jaguar Negro