2.- El Limbo

A veces entro a dar Ayahuasca en el limbo.
En el bardo espiritual.
Debo tener bien apretados los dientes para aguantar ahí unas horas (o años).
Cuando me toca entrar es casi involuntario, aunque, cuando siento esa sensación de ser chupado, pues me entrego a la succión.
Al principio la obscuridad es envolvente, y la gravedad más pesada, porque cuesta moverse. También cuesta trabajo andar en el limbo sin respirar, (¡porque no es necesario hacerlo!) es como aguantarse la respiración y darse cuenta que nada se apaga, que la experiencia se mantiene.
Desdoblo mi tela roja sobre la arena, dispongo mis frascos y reliquias encima y acomodo los instrumentos de poder. Se distinguen formas que se acercan a la reunión. Andrajosos jirones espirituales, descarnados, penitentes, chocarreros, suicidados…
Algunos cargan su leña y al escoger un lugar la encienden y siguen quemándose en ella. Otros no traen leña pero igual se la pasan gritando.
Sus gritos se confunden con el primer icaro que aviento. Eso de cantar sin aire requiere cierta técnica. Para que no se me seque la garganta hago gárgaras de agua florida. Visto piel de jaguar y corona de cóndor.
Sacudo mis enormes plumas pa’ desempolvar huesos, pa’ limpiar los espíritus que se agolpan ansiosos, con sed de libertad, ciegos en la oscuridad.
Con autoridad manoteo el aire, (Bueno, el vacío porque no hay aire) y se van acomodando en círculo en torno a la botella de abuela, que brilla sempiterna.
Los más extienden sus roidos petates para acostarse. Los menos apenas se tapan pudorosos con su piel colgante.
Elevo el canto. Afino. Encuentro el armónico. Abren sus ojos hasta desorbitarlos. Cierro los míos porque me espantan (o me dan risa).
La ayahuasquita debe estar bien cascabelera, porque allí el miedo es el que gobierna. Y no puedes dudar de la ayahuasca, porque te lleva pifas.
Abro la botella y el quorum exclama ¡¡oooooooh!! Y muestran sus sonrisas desquiciadas. Hace mucho no han bebido. Y menos aún han bebido Amor.
Allí no es posible dar Ayahuasca en vasito, como en el mundo físico. Me las he ingeniado para darles su medicina con una esponja, la que exprimo sobre sus bocas o sus heridas. Hasta en sus pecados se las he echado.
Hay quienes me la vomitan en la cara, con un grito de inconformidad. Tal vez por el sabor o porque no quieren sanar. Hay quienes se aguantan un rato y luego diarrean lombrices malhumoradas y lodo azufroso.
Hay otros que se desinflan con un ruidito satisfactorio y se desvanecen en la entropia.
A veces bajan los balseros, hartos de su trabajo, pues nunca llegan a su destino. Toman un vasito y se regresan a trabajar sin esperar los efectos. Se acomodan sus sombreros de paja y reman trasladando espíritus convencidos de su necedad.
A veces llegan algunos jaguares para aliviar la jornada. Tocan sus instrumentos inarmónicos y arman un buen desmán.
Pasan los años y algunos comienzan a sentir los efectos y entender el mensaje. Suelen explotar en una nube de confetti o simplemente se van a sus cielos o infiernos, arrastrando sus cobijas, sin terminar de escuchar la explicación que trata de enseñarles que sus destinos no existen.
Otros lloran porque es demasiado tarde para volver atrás y remediar sus defectos. Yo sigo cantando, bien grave. Profundo.
Las siguientes tomas ya no son con esponja. Se las escupo con flechas neones que los ponen a bailar el rave. Me pongo mis lentes oscuros porque sueltan chispas que queman lo aprendido. Ya no gritan, sólo gesticulan.
Alcanzamos el paroxismo en un torbellino de colores que se acelera para arrastranos a todos al siguiente nivel.
Quieren que los acompañe, pero les muestro mis tatuajes y desisten. Se van con un fuerte psytrance moviendo sus huesos o lo que queda de ellos. Se van contentos fuera del limbo que los mantenía cautivos y sin informes.
Me fumo un mapacho, solo.
Enmedio de ese gran desierto que me vio morir un día.
Juguetes inservibles, incompletos, yacen dispersos en esa zona oscura. Suena un lamento interminable que cala cuando le prestas atención.
Es hora de regresar. Más envejecido, pero fortalecido.
Una anciana me dice mientras me tapa con una vieja cobija:
– ¿A donde vas cabrón, si aquí es tu casa?
– Voy a donde todavía brillan las estrellas y sale el sol cada mañana, le respondo a mi abuela mientras cierro los ojos y me esfuerzo por soltarme de sus huesudas manos.
Al despertar, por lo regular es en la fría zona espiritual. Ya les platicaré de ella y de sus egos.
Ahora quiero morir otra vez para recuperar fuerzas.
Jaguar Negro